Fundación Casa Ducal de Medinaceli

En su historia

En su historia

Los Señores de Oca

Aunque la tradición pretende que preexistía en este lugar una antigua fortaleza desde el siglo XII, los primeros vestigios materiales que aún hoy subsisten datan de mediados del siglo XV y son contemporáneos de los primeros señores de Oca de los que tenemos constancia documental: Álvaro de Oca y su hijo Suero. Este último participó en el bando del conde de Camiña, Pedro Álvarez de Sotomayor (más conocido por su sobrenombre, Pedro Madruga) en las luchas que, con motivo de la sucesión a la Corona de Castilla, enfrentaron, durante el último cuarto del s. XV, a gran parte de la nobleza gallega partidaria de la hija de Enrique IV (Juana "la Beltraneja") contra el poderoso arzobispo de Santiago, Alonso de Fonseca, que apoyaba la causa de la princesa Isabel, la futura Isabel la Católica. El prelado, ayudado por las tropas del conde de Monterrey, castigó al señor de Oca apoderándose, en 1477, del lugar y de su fortaleza.

La victoria de Fonseca significó que dicho señorío se consolidara dentro de la jurisdicción de la mitra compostelana hasta 1564 en que pasan a integrar el patrimonio de la Corona. Felipe II, por escritura de compraventa firmada en El Pardo el 15 de Noviembre de 1586, vendió por 195.775 ms. el estado de Oca, con su jurisdicción civil y criminal, a una señora llamada María de Neira, hija de un regidor de Santiago de Compostela, Juan de Otero y Neira y viuda de otro, Gonzalo de Luaces.

La integración en la alta nobleza

Suceden a María de Neira en el señorío de Oca, su hijo Juan y su nieto Gonzalo quien, al morir sin sucesión, deja como heredero al mayor de sus sobrinos, Juan Gayoso Neira, hijo de su hermana Catalina de Neira y Mendoza y de Juan de Gayoso Noguerol, Alférez y Regidor de la ciudad de Orense. Del matrimonio de éste con Urraca María de Moscoso Ozores y Sotomayor nació Andrés Gayoso Neira que es quien realmente inicia, por una parte, la conversión palaciega de la vieja fortaleza de Oca y, por otra, los entronques matrimoniales que integrarán el señorío de Oca en casas nobiliarias de creciente importancia.

Andrés Gayoso casó con Constanza Arias Ozores, dama de honor de la reina Isabel de Farnesio, quien hereda de su madre el condado de Amarante y de su padre, entre otros señoríos, el de San Miguel das Penas y La Mota, elevado por Felipe V a la categoría de marquesado en 1719. El hijo mayor de este matrimonio, Fernando Gayoso Arias Ozores, además de ampliar el palacio y construir la capilla, acrecentó también el patrimonio del linaje al casar con María Josefa de los Cobos Bolaño, heredera de importantes territorios como el marquesado de la Puebla de Parga o los señoríos de Cillobre, Junqueras, Torés, etc.

A la muerte sin sucesión del primogénito de este matrimonio, Francisco, le sucedió su hermano Domingo quien, por una serie insólita de fallecimientos, a todos los títulos y territorios de sus padres añadió, además de importantísimos señoríos, los títulos de Conde de Ribadavia, por sucesión de su tío segundo Diego Sarmiento de Mendoza , y de Marqués de Camarasa, Conde de Ricla y Conde de Castrogeriz al morir sin sucesión su tía segunda Baltasara Gómez de los Cobos. Domingo Gayoso de los Cobos se convirtió así en uno de los próceres de la nobleza española de fines del s. XVIII y, aunque su intervención en Oca no es demasiado relevante, sí lo es su aportación al patrimonio arquitectónico gallego, pues entre otras obras, edificó la magnífica fachada de su residencia, el viejo palacio de los Condes de Amarante, hoy sede del palacio de Justicia. Su hijo, Joaquín Gayoso de los Cobos y Bermúdez de Castro que vivió la abolición de los señoríos jurisdiccionales, fue el último Señor de Oca y su primer propietario.

Los propietarios

De su matrimonio con Josefa Manuela Téllez Girón, hija de los Duques de Osuna, tuvo seis hijos entre los que hubo de dividir la herencia en aplicación de las nuevas leyes del Estado Liberal. Oca junto con el título de San Miguel das Penas pasó a María Encarnación Gayoso de los Cobos, mientras que los títulos y propiedades principales recayeron en el primogénito Francisco de Borja Gayoso de los Cobos y Téllez Girón quien, al morir en 1860 sin sucesión, dejó todos sus bienes a su hermano Jacobo. Este casa con Ana María de Sevilla y Villanueva de cuyo matrimonio nacen tres niñas que, al quedar pronto huérfanas, pasaron largas temporadas en Oca bajo la custodia de su tía María Encarnación. La primogénita, Francisca de Borja, heredó de su padre, en 1871, el grueso de la herencia de la casa de Camarasa y en 1879, además, recibe de su tía, fallecida sin sucesión, la propiedad del palacio de Oca.

Francisca casó con Ignacio Fernández de Henestrosa y Ortiz de Mioño, conde de Moriana del Río y marqués de Cilleruelo cuyo hijo mayor Ignacio Fernández de Henestrosa y Gayoso de los Cobos, sucede a sus padres en los títulos y en la propiedad de Oca. Al carecer de descendencia el matrimonio de este XIV marqués de Camarasa con una hija de los Duques de T'Serclaes, las propiedades y títulos de la Casa de Camarasa pasaron en 1948 a su sobrina, Victoria Eugenia Fernández de Córdoba y Fernández de Henestrosa, actual duquesa de Medinaceli quien, con el fin de conservar, estudiar y difundir el patrimonio histórico-artístico vinculado a su Casa, constituyó en 1978 la Fundación Casa Ducal de Medinaceli dotándola con numerosos monumentos y obras de arte de entre las cuales ocupa un lugar singular este Palacio de oca.

De la fortaleza medieval al jardín barroco

La primitiva fortaleza de Oca, aquella que perdió Suero, se compondría muy posiblemente de dos torres unidas por un cuerpo intermedio todo almenado. En el último tercio del s. XVI, en tiempos de los Neira, se hicieron algunas transformaciones de las que todavía quedan claros testimonios. Así, las puertas enfrentadas del zaguán de entrada, coronadas por las armas de los Neira y los Luaces, nos señalan la intervención de estos en la primitiva fortaleza, mucho antes, por tanto, de las reformas dieciochescas. En algunos de los portales de la muralla que rodea el perímetro de los jardines todavía se distinguen hoy las armas de los Neira, Luaces, Bermúdez de Castro y Mendoza, lo que nos evoca una antigua huerta formada por terrazas que perseguiría con su amurallamiento el ideal del hortus conclusus que el Renacimiento heredó del medioevo y en la que ya se habría iniciado la construcción del sistema intramuros de canalización del agua que desembocaría en un estanque situado en lo que hoy es el estanque de arriba.

No obstante es en el siglo XVIII y, sobre todo, en su primera mitad cuando se intensifica la remodelación y ampliación del conjunto. Los principales promotores de cuantas obras dieron al palacio de Oca y a sus jardines su actual fisonomía, llevando a cabo la completa conversión de la antigua fortaleza en magnífico palacio, fueron Andrés Gayoso, Señor de Oca y, por matrimonio, VI Conde de Amarante y I Marqués de San Miguel das Penas y su hijo Fernando. La obra de cantería se debe casi en su totalidad a los maestros Esteban Ferreiro "El viejo" y su hijo homónimo, apodado "el mozo", ambos de la feligresía de Moimenta, jurisdicción de los Baños.

Andrés Gayoso reedificó la vieja torre medieval y remodeló la crujía de la fachada que da a la plaza y para dejar constancia de su intervención labró las armas de su Casa sobre una de las caras de la torre. Pero la obra más importante de este VI Señor de Oca, fue el diseño y construcción de los estanques, "dignos", según Otero Pedrayo, "de una villa cardenalicia" que aún hoy, pese a numerosas transformaciones, siguen constituyendo el eje central en torno al cual se ordena el espacio de los jardines del Palacio de Oca. Este carácter axial deriva no sólo de su ubicación física, sino del doble hecho de condensar en poco espacio todo el barroquismo arquitectónico y paisajístico del jardín, por una parte y, de simbolizar, por otra, la característica conciliación, propia de este jardín y en general de todos los jardines pacegos, de los principios estéticos más sofisticados con la utilidad original productiva que estos depósitos de agua tuvieron al menos desde fines del siglo XVI.

El simbolismo de los estanques

En este espacio doblemente delimitado por un muro de piedra y otro vegetal, pretendió Andrés Gayoso desarrollar una idea conceptual cuyo significado completo hoy se nos escapa. Mandó construir dos barcas en piedra, una de guerra y otra de pesca y una figura, el señor de la sierpe, como intermediario entre los dos mundos: el de aguas calmas del estanque de arriba, hoy llamado "de las virtudes" y el de aguas turbulentas del de abajo que conocemos como "de las vanidades del mundo".

El emplazamiento de los estanques, en línea oblicua con el eje longitudinal de la crujía principal del palacio, puede parecer extraño a una mirada poco atenta y, sin embargo, responde a un doble y lógico condicionamiento: por una parte, el aprovechamiento hidráulico del río Boo que atraviesa la huerta de Oca (los estanques actuales se construyeron sobre el lugar que ocupaban un antiguo molino de agua y su correspondiente estanque, construcciones que, por el testamento de Doña María de Neira, sabemos existían como mínimo desde 1594); por otra, la situación de las torres de la capilla con las que está en eje. Esta elección de la capilla como eje no es casual y habrá que tenerla muy en cuenta en la interpretación que se haga del discurso de los estanques.

Las obras en esta zona, bastante bien documentadas en el Archivo Ducal de Medinaceli (Sección Oca), comenzaron en la segunda década del setecientos y se prolongaron durante menos de una quincena de años. En este periodo se sustituyó el antiguo estanque del molino viejo por dos estanques en fábrica de piedra separados por un dique y se trasladó el molino de agua de su primitivo emplazamiento (muy posiblemente el actual embarcadero del estanque de las vanidades) a la cabecera del estanque de las virtudes. Las plantaciones del boj que rodea el perímetro de los estanques deben datar al menos de esta época, lo que les da una edad mínima de unos trescientos años.

La sucesión de obras descritas que se producen sin solución de continuidad, pues apenas terminado un trabajo se contrata ya el siguiente, indica un plan preconcebido. Además, la preocupación que traslucen los contratos de obligación tanto por las representaciones simbólicas de las figuras pétreas, "piedras bien formadas y trabajadas de artillería [...] a punto de disparar"; "dos leones [...] sobresalientes sus blasones", como por los efectos del agua al caer, "cuya agua ha de salir de la boca de dicha sierpe [...] ha de caer sobre una pila redonda de cinco cuartas" señalan inequívocamente la intención de desarrollar un discurso muy preciso.

Parece evidente, o al menos es la hipótesis más plausible, la intención del I Marqués de San Miguel das Penas de representar el conjunto de los estanques como un barco invertido (las aguas en lugar de rodear el barco lo llenan) por el que navegan dos barcas menores jugando a una contraposición simbólica y polisémica entre la tierra y el infierno, la vanidad del mundo (representadas por la barca de guerra de abajo) y el paraíso (simbolizado por el barco de pesca de arriba), todo ello presidido por la capilla que parece flotar entre la vegetación.

Por clara que pueda parecer esta interpretación, deja al margen muchos elementos que habría que integrar en una explicación más matizada. Así, por ejemplo, nada dice de los monstruos heráldicos que adornan el barco de guerra, ni de las almenas y bolas (bombas) que rodean los estanques, ni del papel que juega el caballero de la sierpe en cuya apariencia puso el marqués especial cuidado como se deduce del contrato de obligación en el que se especifica: "[...] un gigante de tamaño y estructura de nueve cuartas de alto y todo lo demás, en proporción, con sus vestiduras y con su capa y virrete, con una sierpe al hombro en toda forma perfecta, la cual ha de servir de caño y conducto capaz para recibir toda el agua que sale del estanque de arriba al de abajo, cuya agua ha de salir de la boca de dicha sierpe [...]"

Esta figura alude claramente al mito fundador del linaje de los Neira pues según Don Servando "descienden de Darío, gran cazador, hijo de la Reina Loba y que mató una sierpe, a orillas del Río Arce, que ahora se llama Neira, de donde tomaron nombre y asentaron su solar".

Como quiera que esta reina loba está vinculada por otros mitos al Apóstol Santiago y al proceso cristianizador de Galicia, no es aventurado pensar que los estanques recogen un discurso genealógico-religioso aún por descifrar. Abunda en esta idea el hecho de que, muerto Andrés Gayoso, su hijo, Fernando Gayoso y Arias Ozores, abordara, sin solución de continuidad respecto de las obras de los estanques, la construcción de la actual capilla barroca a partir, posiblemente, del antiguo oratorio de María de Neira.

Esta capilla dedicada a San Antonio, cuya imagen tallada por el escultor José Gambino hacia 1750 es una de las más representativas de la escultura gallega dieciochesca, se convirtió en el eje vertebrador tanto de los jardines y huertas, como de la plaza de entrada que entonces era la plaza de labor del conjunto pacego, reflejando, con la fortaleza-palacio a un lado y un conjunto de casas populares al otro, las relaciones sociales existentes en el siglo XVIII.

"Prosiga, 1746"

La inconclusa ala sur del palacio es también obra del II Marqués de San Miguel das Penas quien, para animar a sus descendientes a continuar la edificación que cerraría el patio con cuerpos de idéntica altura, mandó labrar, sobre el último sillar que colocó, un brazo con una mano señalando hacia el Este precedido de una inscripción que reza "Prosiga 1746". No cumplieron sus hijos tal voluntad, pero indica que las intervenciones de los dos primeros marqueses de San Miguel las Penas seguían un plan preconcebido y, como han señalado diversos escritores, un proyecto más ambicioso aún que lo realizado. Así, Emilia Pardo Bazán, advertía que de "haberse cumplido el prosígase que en un extremo del vastísimo edificio escribió un inquietador, hoy sería casi un segundo Escorial".

En la segunda mitad del siglo XVIII las obras son ya de menor alcance. Francisco Gayoso y su sucesor, su hermano Domingo quien a fines del siglo se convertirá también en XI Marqués de Camarasa, realizan algunas reformas en el cuerpo principal del palacio, ordenan labrar el lavadero de la Carrera del Conde y la Fuente de la Trucha, amplían la presa antigua, incorporan algunas nuevas fincas y completan el cerramiento amurallado del jardín. El resultado de todas estas transformaciones dieciochescas ha quedado reflejado en un plano titulado "Ortografía exterior meridional del Palacio y Capilla de Oca", conocido como Plano de Peinador, mandado hacer en 1805 por el último señor de Oca, Joaquín Gayoso de los Cobos, XII Marqués de Camarasa.

Este plano que hay que leer con prudencia, pues no persigue reflejar la realidad a escala, sino representarla esquemáticamente, nos presenta un jardín en retícula muy formalista, con numerosos elementos arquitectónicos y con plantaciones perfectamente alineadas, en el que muy difícilmente podemos discernir la parte dedicada a jardín ornamental de la parte destinada a producción hortofrutícola. La ausencia de proporciones en el plano de Peinador y su peculiar orientación dificultan la comparación con los planos más actuales, pero una lectura atenta permite identificar en el jardín actual, pese a las numerosas reformas introducidas posteriormente, el entramado reticular del jardín dieciochesco. La arquitecta paisajista, Consuelo Martínez Correcher, del estudio de los papeles que sobre Oca guarda el Archivo Ducal de Medinaceli, dedujo que este jardín del siglo XVIII "fue una hermosísima huerta, delicada y palaciega con un propósito dual de utilidad y belleza, verdadero ideal dieciochesco. Su dimensión de huerta ornamentada se la proporcionaban los perfiles de plantas medicinales que contorneaban las plantaciones alimentarias".

Las reformas paisajistas

En la segunda mitad del siglo XIX, los marqueses de San Miguel das Penas, Manuel Fernández de Henestrosa y Mª Encarnación Gayoso de los Cobos, encargan al jardinero del Palacio Real y ejecutor del Jardín del Moro de Madrid, Francisco Vié, una reforma de los jardines. De nuevo un plano, esta vez titulado "Posesión de los Excmos. Sres. Marqueses de San Miguel das Penas", mandado hacer por Ignacio Fernández de Henestrosa y Ortiz de Mioño en 1879 con el concurso del Instituto Geográfico y Estadístico, muestra con suma claridad el resultado de esta intervención que se centró fundamentalmente en el diseño de unos trazados de corte paisajista para los espacios ajardinados más cercanos al palacio y, muy posiblemente también, en la apertura de los jardines al bosque de Guillufe con una plantación de tilos que, a modo de paseo, acentuaban un eje preexistente que desembocaba en un claro del bosque del que partían diversos caminos que lo recorrían en todas direcciones.

Su actuación afectó al patio, ordenado mediante borduras de césped y plantas, a los cuatro cuadros del jardín de la casa más cercanos a la capilla, cuya sobria geometría fue sustituida por sinuosas borduras, al molino de los estanques que fue coronado por un chalet suizo del que hay fotografías y a la zona que conocemos como bosquecillo o Jardín de Vié, por ser el único espacio que se conserva hoy tal como lo concibió este paisajista francés, jardín que forma un triángulo frontero con el acueducto, el paseo de las camelias y la presa de los arroyos.

El Siglo XX: una época de restauraciones

El siglo veinte, para Oca ha sido un siglo de intervenciones de signo más restaurador que creador. El marqués de Camarasa, Ignacio Fernández de Henestrosa y Gayoso de los Cobos en una clara actuación historicista trató en la década de 1920 de borrar el carácter romántico que le había impreso Francisco Vié para devolver a los jardines su original diseño formalista. Cincuenta años más tarde, prosiguió esta labor su sobrino nieto, el actual Duque de Segorbe y Presidente de la Fundación Casa Ducal de Medinaceli, Ignacio de Medina y Fernández de Córdoba , pero en este caso con un criterio diferente que no ha perseguido recuperar una irreal pureza prístina del jardín, sino rehabilitarlo con el doble propósito de respetar su evolución en todos los estilos, renacentista, barroco y romántico que con tan formidable armonía conviven en Oca y conservar el doble carácter jardín ornamental y de huerta productiva que ha permanecido como invariante a lo largo de toda su dilatada historia.

Por eso, junto con las plantas más decorativas y ejemplares que son verdaderos monumentos botánicos conviven plantaciones aparentemente tan prosaicas como los kiwis, los manzanos, los perales, etc. que, en medio de tanta belleza, contribuyen al mismo tiempo a acentuarla y a recordarnos, con el ruido de fondo de las ruedas del molino moliendo maíz, que un pazo era sobre todo una unidad de producción autosuficiente.

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Cronologia

Previsualización de la cronología del Palacio de Oca

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Está concebido en cuatro niveles contextuales que de abajo a arriba son: la historia de los Señores de Oca, la del palacio, la de Galicia y la general. 

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